Una lucha contra los elementos. Esa podría ser la frase que describiera el concierto de ayer de la banda Coldplay en el Estadi Olímpic Lluís Companys. Todo estaba preparado para que fuera un concierto espectacular, de los que se recuerdan siempre. Se había resguardado el material ante una posible lluvia, se había desplegado técnica y técnicos para poder inmortalizarlo en un DVD. Conservar la apoteosis. Más de 63.000 personas entregadas. Ésa era la idea.
Tras unos Sunday Drivers correctos, y unos Flaming Lips que llegaron a cansar con su surrealismo (sensación acentuada por la repetitividad de las canciones y la limitada capacidad vocal de Wayne Coyne), el Estadi se llenó hasta la bandera esperando con ansias el concierto de los ingleses. Casi un año con las entradas en el bolsillo, y algunos con bastantes kilómetros a las espaldas, las expectativas no podían ser mayores. Y sobre las 21:40, Life in Technicolor. El show comenzaba.

Foto de Gianluca Battista, en www.elpais.com
Coldplay recorrieron los temas de su “Viva la Vida” y algunas perlas de sus discos anteriores con un montaje visual impresionante (aunque quizás con demasiada insistencia en el tema homónimo, que incluso tras haberlo tocado, volvió a sonar en una versión discotequera prescindible en un momento de cambio de escenario). Pantalla de leds, kabukis disparando confeti, grandes globos sobre el público. No faltó de nada en esa gran puesta en escena. Perdón, quizás sí. Lo único que no estaba directamente en manos de los músicos: un buen sonido.
Lástima. No habían pasado más de 20 segundos cuando en un momento de explosión, con toda una pista saltando al ritmo del tema, hubo un corte total en el sonido. Durante un par de segundos de incertidumbre apenas se oyeron los monitores del escenario. Y no sería la última vez. Un hecho duro para una banda de la talla de Coldplay, más cuando los cortes volvieron a repetirse sobre la mitad del concierto. ¿Equipo insuficiente? Parece ser que sí, ya que los silbidos del ala derecha del estadio fueron atronadores, un telón de fondo para los fantásticos temas que la banda luchaba por defender. Una reacción comprensible pero injusta hacia la banda, que desde su perspectiva, no comprendía qué estaba ocurriendo. El feedback no era el habitual, la pitada llegaba al escenario. Fue al final, antes de los bises, cuando un avergonzado (y ya informado) Chris Martin se dirigió compungido al público, y pidiendo disculpas prometió enmendar el error con una posible devolución del importe de las entradas y la entrega de uno de los CDs que vienen regalanado en sus últimos conciertos (y que por cierto es posible descargar desde su propia web).
¿La valoración? La banda no se lo mereció. Pudieron hacer un concierto perfecto, como perjuraban los que habían asistido a sus últimas visitas al Palau Sant Jordi. Intentaron hacer el mejor de los últimos años, confiaron en nuestra ciudad para grabar su DVD, en la promotora Live Nation para la organización del evento. Y es ahí donde se concentra todo: errores inadmisibles que provocaron que la sensación de decepción se extendiera como la pólvora: entre la banda, entre el público. Un espacio terriblemente grande e impersonal, completamente inadecuado para la inmersión emocional que requiere un concierto. Un pésimo sistema de accesos, abarrotados y un transporte insuficiente.
Es curioso leer la prensa hoy. Quizás ellos no vieron a aquellas personas que se quedaron sentadas en grada, llorando, mientras se desalojaba el estadio.



