El piano sin teclas de Simone Dinnerstein

Ha pasado algo de tiempo desde la última entrada. No es que no haya habido música estos días, supongo que la he ido dejando pasar. Pero si me gusta escribir es porque parece que coges los pensamientos y los atrapas, los describes, los retratas, los haces permanecer. Y quiero seguir atrapando esas músicas, así que, dejémonos de pereza, que es mala acompañante y siempre te pisa si la sacas a bailar.

He decidido dedicar la entrada de hoy a una intérprete que descubrí hace poquito a través de mi compañera Ester y su programa, MPClàssics. Es Simone Dinnerstein, una pianista americana con una historia curiosa. Parece no querer flashes, no es ninguna estrella del negocio: nacida en Nueva York, a los 35 años decidió grabar las Variaciones Goldberg, autofinanciando la producción del álbum. La magnitud del desafío es sorprendente: ¿cuántas versiones deben existir de la célebre obra de Bach?, ¿cuántas consideradas insuperables?, ¿cómo se posiciona una profesora de piano ante un Glenn Gould o un András Schiff, o ante las versiones historicistas de Leonhardt o Van Asperen? Sólo se me ocurre una respuesta. Quiso hacerlo y no le importó el resto: lo único que debió importarle a Simone fue mostrar a quien quisiera escuchar que aquellas variaciones también podían ser sus propias variaciones. Partiendo de ahí, el resultado no debería extrañar: fue todo un éxito de crítica y público que hizo despegar su carrera como intérprete.

La pianista Simone Dinnerstein
La pianista Simone Dinnerstein

El álbum con que la descubro es Something almost being said. Un título que hace pensar en ella, la que llega casi sin hacer ruido, para abrir una puerta que quizás hacía tiempo que habías olvidado. No hay más que leer el poema del que se extrae este título. Es de Philip Larkin, Los árboles. Árboles que aun sabiendo que morirán, renacen, no sin dolor, una y otra vez, y “parecen decir: el año pasado ha muerto; empezar de nuevo, de nuevo, de nuevo”.

The trees are coming into leaf
Like something almost being said;
The recent buds relax and spread,
Their greenness is a kind of grief. 

Is it that they are born again
And we grow old? No, they die too,
Their yearly trick of looking new
Is written down in rings of grain. 

Yet still the unresting castles thresh
In fullgrown thickness every May.
Last year is dead, they seem to say,
Begin afresh, afresh, afresh.

Este disco incluye obras de Bach y Schubert, partitas e impromptus. Compositores y obras muy distintos, pero que en las manos de Simone fluyen y combinan de manera impecable.

Con ese ánimo de ser ella misma presenta un clip arriesgado por lo sincero, que en sí mismo ya es una obra de arte y que emociona nada más empezar: ella entra a un auditorio vacío, sus manos (¡qué pequeñas!) se acercan al teclado, y a partir de ahí, el Impromptu número 3 de Franz Schubert desgrana imágenes, vivencias, sensaciones y sobretodo, personas y amor. Cómo en el artículo de Ángeles Caso, Lo que quiero ahora (si no lo habéis leído, hacedlo inmediatamente clicando aquí), parece que distinguir lo esencial de lo superficial es lo que finalmente nos da la posibilidad de disfrutar de lo que somos y lo que se nos ha dado. A riesgo de que penséis que escribo esto tras una sobredosis de azúcar, prefiero dejar que el piano de Simone hable, sin prisas, por sí mismo. Un piano que, como pasa con los buenos, uno acaba por no recordar siquiera que tiene teclas.

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Escucha “Something almost being said” de Simone Dinnerstein en Spotify!

Esa extraña magdalena de Proust

En ocasiones, una sensación, un detalle, un momento, te transporta hacia un recuerdo olvidado, te hace dar un salto en el tiempo sin moverte de tu sitio. Es lo que le ocurría al protagonista de “A la búsqueda del tiempo perdido”, de Marcel Proust, con su famosa magdalena. He de decir que me encantan estos viajes súbitos, que te cogen por sorpresa y te muestran o te provocan algo que no sabías siquiera que tenías.

Cova d'en Genís, Santa Coloma de Gramenet

Pues bien, resulta que este domingo salí de excursión a la montaña. Una salida un tanto descoordinada, pero que gracias a una mentalidad flexible, acabó convirtiéndose en una gran terapia de oxígeno sin estrenar para nuestros pulmones. Uno de nuestros puntos de parada fue la llamada “cova d’en Genís”, un dolmen natural que, parece ser, fue utilizado por los celtas como lugar de enterramiento, allá por un lejano siglo IX antes de Cristo. Los números marean, pero sin pensarlo mucho, nos sentamos en aquellas rocas y dejamos que el aire y el sol nos tocasen la cara, las manos. Una charla ligera acabó transformándose en un silencio agradable, de aquellos que podrían prolongarse hasta el día siguiente. Y fue en ese silencio, sintiendo la piedra, el sol y el aire cuando cerré los ojos y me asaltó un pensamiento. Útopico, quizás. Romántico. Posiblemente. Pero pensé que hace cerca de tres mil años alguien estuvo en ese preciso lugar, donde ya se encontraba aquella roca sobre la que yo estaba sentada. Que quizás ese alguien cerraría los ojos al sol de la tarde, intenso como era el domingo. Y que si fue así, su sensación no pudo ser más que igual a la mía.

Lo sé, no es exactamente a lo que se refiere Proust. Pero esa conexión me resultó mágica, como mágico me resulta ese mojar un dulce en café y recordar qué pasó aquel día que creías olvidado. Y claro está, la música también tenía que aparecer. Y es que hace unos días me asaltó una emoción de esas que parten del estómago y llegan hasta el antebrazo, imposibilitándote ir más allá del momento presente. O pasado, según se mire.

Llegué a la redacción por la mañana, a mi hora habitual, y pensaba justamente en qué músicas podría encontrar ese día, si buscaría algo, ya que hacía un par de días que las canciones parecían resistirse a llegar y no hacía más que darle vueltas a las mismas listas de reproducción que han corrido por mis auriculares en los últimos meses. Pero ese día me esperaba un compañero con una sorpresa: “María, tienes que oír esto”. (¡Quizás una de mis frases preferidas!)

Lo que me pasó el compañero fue un CD editado sin grandes ilustraciones ni grafismos, original, de música de órgano: “Bach in Arnstadt”. ¿Dónde estaba lo que lo hacía especial? Sonreí al principio, pues al echarle un primer vistazo, me fui a fijar en si estaba protegido por derechos de autor, si sería radiable. Deformación profesional, supongo. Cuando mi compañero me dijo: sí, música de Bach, pero traída directamente desde Arnstadt, la ciudad donde el maestro trabajó en la primera etapa de su vida musical. Aún había más: ese órgano no era otro que el órgano Wender de 1703, el mismo que el propio Johann Sebastian habría tocado durante su etapa de servicio en la iglesia de San Bonifacio, edificada en 1683, y que se había restaurado a su estado original, del siglo XVIII.

Órgano Wender (1703), en Arnstadt

De acuerdo, quizás sea por la musicología, por el violín barroco, por qué se yo. El caso es que, al escuchar las primeras notas de ese órgano, grabado en ese lugar, se me desdibujaron las formas a la vista. Mi mente salió de la redacción, y aún no sé qué cara debí poner, pero poco me importó. Esa sensación de conexión mágica estaba ahí y no pensaba dejarla escapar.

Quizás ahora sea vuestro momento. Aquí os dejo un fragmento de la célebre Tocata y Fuga en re m, escrita precisamente durante la estancia de Bach en la ciudad de Arnstadt. Interpreta Gottfried Teller, organista titular actual. ¿Quizás haya alguien que, como yo, sienta el poder de esta extraña magdalena?

Toccata d-Moll BWV 565 by LibertadSonora