Esta semana está siendo especialmente ajetreada para una persona que me lleva acompañando muchos años, tantos que parece increíble que aún nos sigamos soportando. Mudanzas exteriores e interiores y una aventura increíble a punto de comenzar: todo ello combinado con las fiestas de rigor, realmente la admiro por sobrellevarlo a esa manera suya, tan práctica, tan de mirar hacia adelante.
Hoy la he acercado al blog porque una canción me ha asaltado hoy, y parecía que llevara su nombre escrito en una dedicatoria invisible. Andaba yo escuchando “Fora de catàleg”, un programa que Xavier Salvà realiza en Catalunya Ràdio, cuando ha sonado esta pequeña inyección de energía: se trata de “O que Vôce Quer Saber de Verdade”, aquello que queremos saber de verdad, original de Arnaldo Antunes, pero esta vez en voz de la cantante brasileña Marisa Monte. Lo confieso, no soy ni mucho menos experta en estas lides, pero la voz suave de Marisa parece que te habla al oído. No en vano, ella fue una de las voces más destacadas en el Brasil de los años 90, y aún sigue en activo. Precisamente de su último álbum, editado en 2011 es de donde llega esta canción.
Pero, ¿qué es lo que queremos saber de verdad? Cada uno tiene su respuesta, pero en la letra de esta canción intuimos el camino a seguir.
Vai sem direção Vai ser livre A tristeza não Não resiste Solte os seus cabelos ao vento Não olhe pra trás Ouça o barulhinho que o tempo No seu peito faz Faça sua dor dançar Atenção para escutar Esse movimento que traz paz Cada folha que cair, Cada nuvem que passar Ouve a terra respirar Pelas portas e janelas das casas Atenção para escutar O que você quer saber de verdade.
Sí, yo también he necesitado la ayuda del traductor. Pero en definitiva, el idioma es lo de menos. Así que lo dicho: a escuchar y a escucharnos. Quizás así descubramos aquello que queremos saber de verdad. En cuanto a tí, destinataria, descúbrelo todo y más, pero sobretodo, vuelve para contarlo.
Tengo un vicio. Recomiendo música. Discos, canciones, artistas. A veces pasa: una tropieza con algo que le remueve, que le hace volver a creer en la idea de que no todo está inventado, pensar que sigue habiendo mentes despiertas que tienen algo que ofrecer. Y surge la urgencia: esto hay que enseñarlo, compartirlo.
Y es curioso el caso de Anaïs Mitchell. Tropecé con ella la primera vez en un momento en que no le di mayor importancia. Oí alguna canción, me llamó la atención su timbre de voz, pero ahí me quedé. Y ahora, casi por accidente, aterrizo de nuevo en la música de esta cantautora de Vermont, y de golpe, se me descubre como algo casi maravilloso. Con cuatro álbumes y un EP a la espalda, suena a folk americano del de siempre, cálido, de letras trabajadas, con melodías sorprendentes en ocasiones. Pero si hay algo que sorprende en Mitchell es su voz. Parece que una pueda imaginársela con una sonrisa perpetua, con energía, pese a cantar a veces los versos más tristes.
Hymns for the exiled, publicado en 2004, fue un álbum determinante. Editado en Chicago por un pequeño sello, llegó a oídos de Ani DiFranco, quien la fichó para su sello, Righteous Babe. Este álbum incluye joyas como la melancólica 1984 o Orion, un tema que no sabría describir de otra manera que no fuese “estremecedoramente dulce”. Más tarde, en 2007, llegó The Brightness; pero si hay un álbum en que la americana muestra su potencial creativo es Hadestown.
Editado en 2010, Hadestown se autodefine como una ópera folk. El mito de Orfeo y Eurídice, no en vano primer sujeto operístico en la historia de la música y revisado incontables veces, sirve como eje para este álbum que el webzine Drowned in sounddescribe con estas palabras:
Mitchell atraviesa una gama tan radical de emociones, géneros y estilos a lo largo de Hadestown, que es francamente notable que todo funcione. Y que funcione tan brillantemente bien que en menos de una hora se cree un mundo al que quieres volver una y otra vez, que es un modelo brillante de forma - de colaboración en sí - es nada menos que impresionante.
El reparto de esta “ópera” incluye voces tan destacadas en el panorama folk como Justin Vernon (voz y guitarra de Bon Iver, como Orfeo), Ani DiFranco (Perséfone), Greg Brown (Hades) o la misma Mitchell (Eurídice).
Para ir cerrando, algunos medios han llegado a compararla con Bob Dylan, Leonard Cohen o Gillian Welch. Yo no iré tan lejos. Pero indudablemente, se trata de alguien que merece la pena compartir. Y es que si hay algo que llene más que recomendar música es acertar con la recomendación. Y habiendo ya empezado a descubrírsela a mi entorno, por ahora llevo pleno de tres de tres. ¿Seguiremos sumando?
Siguiendo los consejos de un buen amigo, me acerqué a los últimos trabajos de la banda de Liverpool Anathema. Ya eran viejos conocidos, cuando en una época más oscura, llegó a mí un One Last Goodbye que me sorprendió. Era un tema denso, y vivo en el más puro estilo de la vida de las semillas: asomaba tímido, planteaba un esqueleto simple y progresivamente, iba perdiendo la vergüenza para crecer y desatar toda esa rabia ante ese último adiós, para terminar volviendo a la tierra, cerrándose en sí mismo, más plácido. Me pareció una pequeña maravilla en la producción de este grupo que ha pasado por diversas etapas, más crudas, más progresivas, más industriales.
Y como pasa a veces, parece que la música nos sigue en nuestro recorrido. Y ahora que incorporé esa parte más dura a mi mochila de gustos musicales con los que puedo seguir disfrutando, aunque no sean mis gustos presentes, llegan Hindsight (2008) y Falling Deeper (2011). En estos dos álbumes, han recuperado viejos temas como aquel One Last Goodbye y otros como A natural disaster o Flying. En una comparación egocéntrica, parece que como ocurrió con mi yo adolescente, se han suavizado en algunas formas, se han pulido texturas. El resultado de mi evolución no soy yo la más adecuada para valorarlo, y tampoco es el tema que nos ocupa, pero el caso es que estas canciones aparecen agradablemente renovadas, renacidas. Teclados, voces limpias, guitarras acústicas transparentes y solos de melodías inacabables. No han perdido su esencia, al contrario: una desearía que este hubiera sido el germen de las versiones posteriores, que se hubieran ido enriqueciendo a partir de ellas.
En resumidas cuentas, Anathema mira hacia atrás caminando hacia delante. Un par de álbums para preparar los auriculares, estirarse en la cama y cerrar los ojos. Y tú, ¿no sientes la semilla?
Segunda parte del artículo de Xavi Vázquez. Puedes acceder a la primera haciendo clic aquí.
2a parte: Scott Walker, el documental
En la mítica comedia de los Monty Python “La vida de Brian” (Life of Brian, 1979) hay una secuencia en la que el ‘supuesto’ mesías da un involuntario pisotón a un ermitaño mientras huye de la masa enfervorizada que le persigue. El curioso personaje pisoteado permanecía en voto de silencio desde hacía años pero, tras recibir la pisada, entra en una incontinencia verbal sin límite que le impide permanecer callado ni un segundo más. En el documental que nos ocupa sucede algo similar. Scott Walker llevaba 30 años sin subir a un escenario y sin conceder una entrevista, viviendo en la zona marginal del negocio musical. Sus discos eran quienes hablaban a través suyo, pero el documental de Stephen Kijak se encarga de mostrarnos al cantante a través de una extensa entrevista que ejerce -en momentos concretos- de hilo conductor del film. Y, a priori, la cosa promete mucho.
Pero la gran baza de contar con la voz y la palabra del propio Scott Walker acaba volviéndose en contra del documental. Y no sabríamos decir muy bien por qué: tal vez las expectativas eran máximas por conocer cómo es el actual Walker que se esconde tras esas densas y laberínticas creaciones de los últimos años, tal vez la entrevista no sabe sacar todo el jugo al personaje, tal vez verle sonreír en el estudio de grabación mientras crea pesadillas sonoras se nos revela más como un juego fútil que como un acto ceremonioso… La sensación es que nos quedamos a medias. Y el documental no logra su intención de acercarnos más al artista pese a contar con su voz y su presencia.
Pese a todo, la cinta acumula motivos y momentos que nos permiten disfrutar plenamente. La relación de personalidades entrevistadas es de órdago: de Damon Albarn a Radiohead, pasando por Bowie o Eno hasta llegar a Jarvis Cocker o Johnny Marr. Gente de talento hablando con devoción y sin envidias del talento de otro. Son estas entrevistas los momentos que mejor funcionan y los que nos ofrecen la parte más preciosa y perfecta de la pieza. Esas inimitables secuencias en las que cada uno de los entrevistados escogen cual es su canción favorita de Scott Walker y nos cuentan el porqué de su elección -mientras al mismo tiempo oímos de fondo el tema seleccionado- nos acercan mucho más a la figura del cantante que las entrevistas con él mismo.
El documental muestra, no obstante, la gran maquinaria de producción que lo sustenta. No falta de nada: imágenes de archivo se mezclan con entrevistas de época y otras realizadas en el presente. Una voz en off femenina ejerce de hilo conductor junto a la del propio Scott Walker. Todo para intentar adentrarnos en el universo creativo de una de las voces más singulares del mundo musical.
El esfuerzo resulta titánico y logra el difícil reto de que en muchos momentos del metraje nos sintamos más cerca de un personaje tan inescrutable, pero no alcanza del todo su propósito porque falla algo básico: cuando Scott Walker se erige en protagonista de su propio documental la cosa no acaba de funcionar. Y es una pena.
Esta es una entrada especial. Llega de la mano de Xavi Vázquez, colaborador experto en materia audiovisual y como no podría ser de otra forma, un gran melómano. Su primer artículo para Libertad Sonora versa sobre el documental 30 Century Man, dedicado a Scott Walker. Sin más, os dejamos la primera parte del artículo. Gracias Xavi. ¡Esperamos que os guste!
1a parte: Scott Walker, la figura
De ídolo de quinceañeras a ejemplo de artista ermitaño. De baladas románticas a la música más oscura y desoladora que alguien pueda imaginarse. De Ohio a Escandinavia y de ahí a asentarse y desarrollar su carrera en el Reino Unido. Scott Walker es un artista de contrastes, poliédrico y misterioso. Scott Walker parece un personaje de ficción; un personaje fruto de la imaginación desquiciada y esquizoide de un escritor con aires lisérgicos. Pero no lo es. Es tan real y palpable como el conjunto de su música.
Sus inicios en el negocio musical van asociados al grupo “The Walker Brothers” – que no eran ni ‘brothers’ ni Walker-. Reventaron las listas de éxitos con su debut “Take it easy”, en 1965, gracias a unas baladas melódicas muy pegadizas que volvieron histéricas a las ya de por sí histéricas fans de la época. Subieron aún más alto y tocaron el cielo con su segundo álbum “Portrait” de 1966. Pero se rompieron como un juguete tras su tercer y también exitoso trabajo de estudio.
Scott decidió probarlo en solitario. Pero, sobre todo, probó quitarse de encima el estigma de ídolo ‘teen’. Y fue ahí cuando surtieron efecto los aullidos de Jacques Brel. Walker lo adaptó y versionó con gran éxito de crítica y público. Maduró como artista a través de la alargada figura del francés y, además, fue incorporando cada vez más composiciones suyas a sus álbumes. Fue una época especialmente prolífica. Se sucedieron hasta cuatro LP’s en tres años: Scott, Scott 2, Scott 3 y Scott 4. No se comió demasiado la cabeza con los nombres pero guardó todo el talento para el interior de esos discos. Scott 4 está considerada la obra maestra de esa época pero, como sucede en muchas ocasiones, el público le dio la espalda y fue un fracaso total de ventas.
Tras este fiasco, Walker lanzaría algunos discos -que él mismo se ha encargado de que no vuelvan a editarse- y también auspiciaría un reencuentro de “The Walker Brothers” en 1975 bajo el título “Regrets”. El disco pasaría algo desapercibido para público y crítica. Pero sería clave en su carrera.
Corría 1978 y Scott Walker lo vio claro. El nuevo LP de “The Walker Brothers” iba a ser el último de la formación y merecía convertirse en una despedida apoteósica. Iba a ser como un ensayo donde estaría prohibido coartar creatividades. Todo valía. Cualquier exceso sería bienvenido. Y así fue como parieron un disco experimental que fue visto con extrañeza en la época pero que cautivó a gente tan ‘outsider’ como David Bowie o Brian Eno. Walker renació como artista y comprendió cual era el camino. Pero no cómo compartirlo. Se cerró en sí mismo y reforzó su condición de misántropo.
Seis años tardaría en aparecer “Climate of Hunter”, un trabajo que mantendría la voz de ‘crooner’ del primer Scott Walker pero que generaría un gran desconcierto en el público al mezclar esa voz con una mayor abstracción en las composiciones. La reclusión del cantante en esos momentos ya era un hecho. No concedía entrevistas ni se prestaba a tomarse ninguna fotografía. La rumorología a su alrededor aumentaba. Había quien decía haberle visto vendiendo en un puesto de ‘Fish and Chips’ y quien se había hecho con sus servicios como decorador de interiores. Lo cierto es que Scott Walker saldría de su hibernación en 1995 con “Tilt”, su nuevo álbum. “Tilt” es oscuro y enfermizo, opresivo y demente, pero se adhiere al oído con resistencia. Este disco ensalzó a Walker como figura underground para las nuevas generaciones y le llevó a colaborar con bandas como Pulp y artistas como Ute Lemper, o a componer la banda sonora del film Pola X, dirigido por el enfant terrible del cine francés Leos Carax.
Así se llega a 2006 y a “The drift”. La culminación de todo lo expuesto anteriormente. Un disco en el que da pánico sumergirse porque es muy difícil salir de él indemne. También es imposible que su escucha nos haga más felices. Pero atrapa. La percusión puede estar provocada golpeando un trozo de carne, los aullidos pueden causar terror. Y, en medio de todo este caos coherente, emerge una frase que resume un disco y una discografía, una personalidad y una vida. “Vivo. Soy el único que ha quedado vivo”.
“Catedrales” es la carta de presentación de Atleta, un grupo de rock onírico instrumental que pese a estrenarse como dúo, ya son bastantes los años que llevan rodando en la escena musical más alternativa, en grupos como 12twelve. Charlamos con ellos…
El rock instrumental es una apuesta arriesgada, y ya sois veteranos en ella, es vuestro medio. ¿Por qué? ¿Qué os aporta frente a otras opciones musicales?
Jose y yo llevamos tocando como 15 años. Nos iniciamos en los caminos de la música más allá del pop y los estribillos desde que nos conocimos. Podemos improvisar horas, perdernos, volver, subir, bajar y sobretodo entrar en trance. Es nuestra manera de entender la música. Desde luego, como absolutos melómanos nos gusta muchos tipos de música, siempre con entrañas, y por consiguiente también hemos probado a cantar. 12twelve comenzamos cantando y hace unos años creamos un proyecto, Bélmez, en onda rock americano catártico cantando en castellano. Lo que nos ocurrió fué que el formato de canción cerrada, con estribillos, un hilo conductor que es la voz, las letras, etc nos encorsetaban a la hora de tocar. Eso de llegar al ensayo con toda una canción hecha, con sus vueltas, cambios y demás no nos dejaba explorar las texturas, los ambientes y las hipnosis como siempre habíamos defendido. Así que volvimos a nuestro formato más basado e la improvisación como fuente compositiva entre los dos. A veces uno llega con algo pero al final cada uno interactua con el otro para crear las canciones de manera muy democrática. Además el hecho de ser un dúo es genial para la compenetración.
¿Cuáles son las principales influencias que sintetiza este primer largo, “Catedrales”?
Las influencias digamos teóricas son más o menos las de siempre:Morricone, Moroder, Miles Davis, Harmonia, Neu!, David Axelrod, Jean Claude Vannier, Can, Cluster, Kraftwerk, Zombi, Broadcast, Tim Blake, Heldon…
A nivel práctico se nos ha abierto un campo increíble con la incorporación de sintetizadores, samplers y composición en el laptop. Es alucinante tocar instrumentos que antes no habíamos tocado, crear una banda con líneas pregrabadas en loops y samplers, volver a empezar de cero y apañarnos con lo que tenemos. Es realmente volver a empezar a tocar. Esto puede hacerse muy lejano o planteartelo como un reto y aprender cosas nuevas cada dia. De ahí sale Atleta.
¿Qué hay del proceso de creación? ¿Cómo han surgido y se han perfilado los cortes del disco?
Siempre partimos de improvisaciones que grabamos, escuchamos y despues organizamos para crear piezas. Nos encanta dejar partes más abiertas para improvisar y así hacer que cada tema sea diferente cada vez que lo tocamos. Al público también le encanta eso, lo convierte en algo muy orgánico y en constante evolución.
A nivel personal, 15 años son muchos años haciendo música juntos. ¿Era AtletA, como proyecto de dúo, una tarea pendiente?
Pues posiblemente hacía mucho tiempo que nos andaba en la cabeza hacer algo los dos, puramente. Jose y yo siempre hemos interactuado de manera casi esotérica, en 12twelve eso nos trajo alguna complicación, es cierto. Y pienso que no lo habíamos hecho antes por tener proyectos vivos que nos quitaban tiempo, pero también porque es ahora cuando empezamos a sentirnos cómodos con el uso de máquinas y nos encanta aprender cada día de ellas.
¿Algún consejo para un recién llegado a vuestra música?
La única recomendación sería cerrar los ojos y dejarte llevar. Entonces es cuando empiezas a ver imágenes y después incluso te puedes poner a bailar casi sin querer, posiblemente de forma tribal e incontrolada.
¿Cómo valoraríais la acogida que está teniendo vuestro trabajo en los medios? ¿Y en el público?
La prensa nos ha recibido muy bien, no esperabamos tanta calidez. Se nota mucho el respeto que 12twelve había generado y parece que Catedrales ha cubierto las expectativas de cierto sector de público que quiere algo más que lo que le da el pop puro y duro.
Lo que esta realmente duro es el tema conciertos. La crisis ha generado una falta de recursos preocupante. Muchos amigos nuestros han tenido que bajar sus cachés muchísimo y es cada vez más dificil cerrar conciertos en condiciones. Las cosas se estan poniendo muy feas y no parece que vayan a mejorar mucho. Ya se sabe que cuando no hay dinero lo primero que se resiente es la cultura y eso nos depara un futuro bastante gris, por lo menos en cuanto a oportunidad de dar cabida a propuestas diferentes.
La primera consecuencia es que parece ser que si no haces pop o canciones fáciles de digerir lo tienes negro. Por otro lado también pienso que comenzará a haber gente que monte grupos con el fin, noble y necesario, de hacer la música que quieran porque saben que no podran comer de ello. A ver qué ocurre. Por lo que respecta a nosotros, hemos malvivido de la música con 12, y nos encantaría volver a hacerlo pero se ve complicado, así que parece que nos toca seguir con la batalla de los grupos que hacemos música aparte del mainstream o ese pseudo mainstream que es el mal llamado indie.
¿Os gustaría que se tratase de un proyecto de largo recorrido? ¿Qué ideas guardáis para el futuro más próximo?
Jose y yo siempre tocaremos juntos. Hemos pasado de todo, gloria, fracaso y todo lo que queda enmedio. Y nos seguimos divirtiendo como el primer día que tocamos juntos, es genial tener esa suerte, la verdad. Estamos preparando el segundo disco que de momento tiene temas con títulos como “Brazo luminoso”, ”Fe”, ”Atenas”, ”Manchuria” y ”Telepatía habitual” (¡esto es primicia!).Y también andamos preparando una gira para después de verano y pendientes de algunos festivales, como todo hijo de vecino que se dedique a esta locura que es la música.