Y Chris Thile pasó por Barcelona

Fue uno de aquellos conciertos que pasan casi desapercibidos. Llegó en el marco del Festival de Jazz de Barcelona, un festival que podría bien llamarse ciclo de conciertos, ya que los espacios son diversos y su extensión en el tiempo no es para nada concentrada. En cualquier caso, cada año, por estas fechas en que, como hoy, el otoño empieza ser otoño por derecho y con todas las letras, la ciudad se puebla de conciertos, conciertitos y conciertazos de jazz en su concepción más amplia: los géneros se pisan unos a otros, y no es difícil encontrar artistas que naveguen por la música sin etiquetas.

Este fue el caso de Chris Thile, un americano que toca la mandolina. A primera vista, un nombre prácticamente desconocido, presentándose en un formato a solo, sin acompañamiento y tocando ni más ni menos que una mandolina durante toda una sesión, podría no antojarse el mejor de los planes. En mi caso, conocerle a raíz del disco The Goat Rodeo Sessions, me había llamado la atención. Así que, ¿porqué no verle en directo? Más o menos entretenida, parecía que se avecinaba una sesión de buena música.

Así, me acerqué el pasado martes junto con mi acompañante al Auditori del Conservatori del Liceu. Nunca había estado allí, y he de decir que la sala me sorprendió gratamente. Buena acústica y ambiente cálido. Capacidad para unas 400 personas, pero ni mucho menos lleno. Y, la verdad, lo siento mucho por aquellos que no ocuparon un asiento aquella noche: fue un concierto de los que se recuerdan.

Thile salió al escenario, donde apenas había un micrófono y un atril con un par de botellas de agua a un lado, de forma casi hiperactiva, y empezó el concierto con el primer movimiento de la primera sonata para violín solo de Johann Sebastian Bach (el disco dedicado al compositor se puede oír en Spotify). Una pieza con aires de ensueño, que en el sonido pinzado y brillante de la mandolina sonaba transparente y se desarrollaba con un fraseo que ya querrían muchos violinistas para sí mismos. De repente, el horror: un teléfono móvil me arrancó de cuajo del estado en que me encontraba, pero para fortuna de todos, no desequilibró ni una pizca la interpretación de Thile, que siguió adelante tras esbozar una sonrisa, probablemente de resignación.

Dentro de ese mismo tono, tras alguna improvisación, como un continuo, arrancó Thile una entonación a plena voz, a modo casi de letanía, y entró en un tema que dada mi ignorancia sobre su repertorio, no consigo recordar. La letanía acabó por convertise en un blues, el blues en una canción tradicional americana, y todo parecía haber brotado de las entrañas de Bach. Así, de una música a otra, el programa se estructuró en torno a esta Sonata en sol menor, de la que, de cada uno de los movimientos hizo brotar todo un bloque sorprendente de canciones e improvisaciones, además de un bloque central ocupado por la Partita en si menor del mismo Bach, interpretada de forma íntegra. No por larga, fue menos hipnótica, y el público, esta vez sí, respetó el saber hacer del músico y lo premió con varios minutos de aplausos ininterrumpidos.

Si destacaría un momento de la noche, fue una canción. Mientras sonaba pensé aquello de que hacía tiempo que no oía nada tan bonito como aquello, y no solo bonito, sino vivido y trascendente. Tan grabada se quedó en mi mente que conseguí encontrarla a la vuelta a casa. Se trata de Stay away, una canción incluida en su álbum How to grow a woman from the ground. En su versión del martes, el tiempo fue lento, y de la mandolina apenas se arrancaban unas notas, las justas, para crear un clima que empequeñeció la sala, una sala que Chris Thile llenó con una voz que solo puedo calificar como preciosa. La versión en estudio queda lejos de la magia del concierto, pero igualmente, es un gusto escucharla.

En definitiva, toda una sorpresa. Una noche de músicas distintas, de diversidad casi extrema que en la persona y la mandolina de Chris Thile sonaron con extraña coherencia. Técnica, virtuosismo, arreglos originales y conexión. Un aparente “conciertito” en una programación llena de grandes nombres, en una sala con sitio de sobra en el patio de butacas, que resultó ser sin embargo, una gran y motivadora experiencia musical.

El piano sin teclas de Simone Dinnerstein

Ha pasado algo de tiempo desde la última entrada. No es que no haya habido música estos días, supongo que la he ido dejando pasar. Pero si me gusta escribir es porque parece que coges los pensamientos y los atrapas, los describes, los retratas, los haces permanecer. Y quiero seguir atrapando esas músicas, así que, dejémonos de pereza, que es mala acompañante y siempre te pisa si la sacas a bailar.

He decidido dedicar la entrada de hoy a una intérprete que descubrí hace poquito a través de mi compañera Ester y su programa, MPClàssics. Es Simone Dinnerstein, una pianista americana con una historia curiosa. Parece no querer flashes, no es ninguna estrella del negocio: nacida en Nueva York, a los 35 años decidió grabar las Variaciones Goldberg, autofinanciando la producción del álbum. La magnitud del desafío es sorprendente: ¿cuántas versiones deben existir de la célebre obra de Bach?, ¿cuántas consideradas insuperables?, ¿cómo se posiciona una profesora de piano ante un Glenn Gould o un András Schiff, o ante las versiones historicistas de Leonhardt o Van Asperen? Sólo se me ocurre una respuesta. Quiso hacerlo y no le importó el resto: lo único que debió importarle a Simone fue mostrar a quien quisiera escuchar que aquellas variaciones también podían ser sus propias variaciones. Partiendo de ahí, el resultado no debería extrañar: fue todo un éxito de crítica y público que hizo despegar su carrera como intérprete.

La pianista Simone Dinnerstein
La pianista Simone Dinnerstein

El álbum con que la descubro es Something almost being said. Un título que hace pensar en ella, la que llega casi sin hacer ruido, para abrir una puerta que quizás hacía tiempo que habías olvidado. No hay más que leer el poema del que se extrae este título. Es de Philip Larkin, Los árboles. Árboles que aun sabiendo que morirán, renacen, no sin dolor, una y otra vez, y “parecen decir: el año pasado ha muerto; empezar de nuevo, de nuevo, de nuevo”.

The trees are coming into leaf
Like something almost being said;
The recent buds relax and spread,
Their greenness is a kind of grief. 

Is it that they are born again
And we grow old? No, they die too,
Their yearly trick of looking new
Is written down in rings of grain. 

Yet still the unresting castles thresh
In fullgrown thickness every May.
Last year is dead, they seem to say,
Begin afresh, afresh, afresh.

Este disco incluye obras de Bach y Schubert, partitas e impromptus. Compositores y obras muy distintos, pero que en las manos de Simone fluyen y combinan de manera impecable.

Con ese ánimo de ser ella misma presenta un clip arriesgado por lo sincero, que en sí mismo ya es una obra de arte y que emociona nada más empezar: ella entra a un auditorio vacío, sus manos (¡qué pequeñas!) se acercan al teclado, y a partir de ahí, el Impromptu número 3 de Franz Schubert desgrana imágenes, vivencias, sensaciones y sobretodo, personas y amor. Cómo en el artículo de Ángeles Caso, Lo que quiero ahora (si no lo habéis leído, hacedlo inmediatamente clicando aquí), parece que distinguir lo esencial de lo superficial es lo que finalmente nos da la posibilidad de disfrutar de lo que somos y lo que se nos ha dado. A riesgo de que penséis que escribo esto tras una sobredosis de azúcar, prefiero dejar que el piano de Simone hable, sin prisas, por sí mismo. Un piano que, como pasa con los buenos, uno acaba por no recordar siquiera que tiene teclas.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=3WY3Xnokd64[/youtube]

Escucha “Something almost being said” de Simone Dinnerstein en Spotify!

“Els amants de Lilith”, de Lídia Pujol

Hace unos días descubrí un trabajo de aquellos que sorprenden, emocionan y despiertan admiración a partes iguales. Se trata de “Els amants de Lilith”, un álbum que la cantautora catalana Lídia Pujol publicó en 2007. Cuesta encontrar el punto para empezar a describir este disco. Precisamente porque es más que eso: es el resultado de un trabajo de investigación, de bucear en los poemas y canciones tradicionales, desde un punto de vista femenino. Canciones sobre mujeres que aman, mujeres maltratadas, mujeres valientes. Letras que nos acercan a un mundo pasado con una línea muy fina separando el bien del mal, pero con el que, como mujer, una no puede más que sentirse cercana; sentir como alguna conexión que no entiende de espacio ni tiempo se conecta con las historias que nos cuenta la voz de Lídia.

Son historias como la de esa hija del rey de la que su padre se enamoró, y a la que los celos de su madre condenaron a morir de sed; la de Beatriu, comtessa de dia, una trobairitz (sí, chicas trovador) obsesionada por un hombre al que confiesa las ansias que la consumen, o la de Caterina de Lió, una chica que por tardar más de la cuenta en terminar su colada al hablar con algún chico del pueblo, recibió un castigo más que severo por parte de su suegra y su marido. Historias inacabables que Lídia ilustra de manera inmejorable: su voz es expresiva, versátil, emocionante. Se mueve desde la ligereza, con voz limpia, alegre, que puede ser sarcástica o dulce, hasta el mayor lamento, que muestra frustración, rabia, incluso muerte. (No perdáis la oportunidad de leer todas sus letras en este enlace). Por supuesto, a poner el lazo a este regalo contribuyen unos músicos elegantes, con arreglos llenos de buen gusto, que acompañan la voz de Lídia Pujol y hacen crecer la descripción, la fotografía intemporal de estas canciones tradicionales.

Sé de buena tinta que cada apuesta musical de la cantautora catalana se trabaja al máximo, cuida la puesta en escena, la coherencia. Y eso se nota. Lamentablemente, hace ya mucho tiempo que la vi por última vez, espero poder repetir pronto, ya sea con estos “Amantes de Lilith”, esa primera mujer que abandonó el Paraíso al no querer someterse a Adán en lecturas bíblicas extraoficiales, o con su “Cerimònia de la Llum”, su última propuesta.

Una de tantas representaciones de Lilith en la pintura...

Pero ya os toca escucharla. No soy muy aficionada a las actuaciones en televisión. Aunque cuando alguien supera esa prueba no puede tomarse más que como otra muestra de calidad. Para los amigos que leéis desde fuera de Catalunya… Amèlia, la canción que comparto, cuenta la historia de una chica que se muere. Nadie sabe qué le pasa, pero ella tiene una certeza: su propia madre la ha envenenado. Antes de morir, hace testamento y al preguntar su madre cuál será su parte, ella contesta: mi marido, para que lo acojáis en vuestra habitación siempre que queráis, para que lo beséis de día, como ya hacéis de noche. No puedo evitar que se me erice el vello con ese “Mare meva, què m’has fet?“, madre mía, qué me has hecho… Y ya me callo. Aquí la tenéis.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=AlI7x8n3-dU[/youtube]

Escucha “Els amants de Lilith” en Spotify!

Recomendando a Anaïs Mitchell

Tengo un vicio. Recomiendo música. Hoy es el turno de la cantautora norteamericana Anaïs Mitchell.

Tengo un vicio. Recomiendo música. Discos, canciones, artistas. A veces pasa: una tropieza con algo que le remueve, que le hace volver a creer en la idea de que no todo está inventado, pensar que sigue habiendo mentes despiertas que tienen algo que ofrecer. Y surge la urgencia: esto hay que enseñarlo, compartirlo.

Y es curioso el caso de Anaïs Mitchell. Tropecé con ella la primera vez en un momento en que no le di mayor importancia. Oí alguna canción, me llamó la atención su timbre de voz, pero ahí me quedé. Y ahora, casi por accidente, aterrizo de nuevo en la música de esta cantautora de Vermont, y de golpe, se me descubre como algo casi maravilloso. Con cuatro álbumes y un EP a la espalda, suena a folk americano del de siempre, cálido, de letras trabajadas, con melodías sorprendentes en ocasiones. Pero si hay algo que sorprende en Mitchell es su voz. Parece que una pueda imaginársela con una sonrisa perpetua, con energía, pese a cantar a veces los versos más tristes.

Hymns for the exiled, publicado en 2004, fue un álbum determinante. Editado en Chicago por un pequeño sello, llegó a oídos de Ani DiFranco, quien la fichó para su sello, Righteous Babe. Este álbum incluye joyas como la melancólica 1984 o Orion, un tema que no sabría describir de otra manera que no fuese “estremecedoramente dulce”.  Más tarde, en 2007, llegó The Brightness; pero si hay un álbum en que la americana muestra su potencial creativo es Hadestown.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=hRpXn5zmGlU[/youtube]

Editado en 2010, Hadestown se autodefine como una ópera folk. El mito de Orfeo y Eurídice, no en vano primer sujeto operístico en la historia de la música y revisado incontables veces, sirve como eje para este álbum que el webzine Drowned in sound describe con estas palabras:

Mitchell atraviesa una gama tan radical de emociones,  géneros y estilos a lo largo de Hadestown, que es francamente notable que todo funcione. Y que funcione tan  brillantemente bien que en menos de una hora se cree un mundo al que quieres volver una y otra vez,  que es un modelo brillante de forma – de colaboración en sí – es nada menos que impresionante.

El reparto de esta “ópera” incluye voces tan destacadas en el panorama folk como Justin Vernon (voz y guitarra de Bon Iver, como Orfeo), Ani DiFranco (Perséfone), Greg Brown (Hades) o la misma Mitchell (Eurídice).

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Para ir cerrando, algunos medios han llegado a compararla con Bob Dylan, Leonard Cohen o Gillian Welch. Yo no iré tan lejos. Pero indudablemente, se trata de alguien que merece la pena compartir. Y es que si hay algo que llene más que recomendar música es acertar con la recomendación. Y habiendo ya empezado a descubrírsela a mi entorno, por ahora llevo pleno de tres de tres. ¿Seguiremos sumando?

Escucha a Anaïs Mitchell en Spotify!

Mujeres, música y Joan Osborne

Algunas reflexiones y un gran álbum: “Relish” (1995) a través del libro de Toni Castarnado.

Un amigo me regaló un libro en mi pasado cumpleaños: “Mujer y música”, de Toni Castarnado, autor, por cierto, colomense como yo misma. He de agradecerle a este amigo su buen gusto, ya que es un volumen que casi he pasado a considerar imprescindible. En este tomo se presentan en riguroso orden alfabético grandes discos hechos por mujeres. Cualquier otro criterio de ordenación hubiese sido posiblemente injusto: nombres como Ann Peebles, Janis Joplin, Wanda Jackson o Christina Rosenvinge, poco tienen que ver entre sí. Aunque comparten algo innegable: haber contribuido a la historia del rock y a que éste sea tal y como lo conocemos hoy.

Mi relación con el feminismo en música es algo así como un amor-odio. En ocasiones pienso que la mujer aporta simplemente su creatividad musical, desde un plano de igualdad con el hombre, como seres humanos que somos. Que son las circunstancias y otras consideraciones externas las que nos hacen hablar de la música de las mujeres.  Pero, por otra parte, ¿acaso esas mismas circunstancias no han moldeado una forma propia de entender el mundo? Los límites, los prejucios, incluso los vividos a lo largo de la historia ¿no condicionan la expresión? , ¿no le otorgan un significado propio?

El objetivo no es debatir si ese punto de vista propiamente femenino existe o no. Pero ciertamente, el de la mujer en la música no ha sido un camino fácil. Y es por eso que a una aún se le eriza el vello al ver como una Wanda Jackson de apenas 20 años subía al escenario, se colgaba una guitarra y arrancaba un rock’n’roll con una energía que nada envidiaba a la de un Elvis Presley. Sí. En un panorama de Little Richards y Buddy Hollys. No era precisamente el papel que se le atribuía a la mujer en los 50, y sin embargo ahí estuvo.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=O0uq1vNHIUI[/youtube]

Como también estuvo Joan Osborne, muchos años más tarde. Castarnado nos recomienda Relish (1995), un álbum que estos días no he sido capaz de sacarme de la cabeza. Este disco incluía One of us, la canción por la que esta chica sigue siendo recordada hoy. Pero tras enfrentarme al resto del álbum, One of us no es ni de lejos lo que más llama la atención. Osborne es mucho más que una voz bonita. No hay más que escuchar el primer corte del disco: St. Theresa. La producción es limpia, sin excesos; la voz rompe en los momentos justos y parece acercarse más al folk que a cualquier otro género. La confirmación de esto es el segundo track: una versión de Dylan, The man on the long black coat. Y de ahí en adelante, canciones que salen de dentro, rasgando versos al más puro estilo Janis.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=hbAeTywPiP4[/youtube]

Y es que los inicios de Osborne no fueron fáciles. Como los de otras muchas. Leo como su madre la echó de malas maneras de su casa, y no puedo evitar que cuando oigo este álbum, que parece salirle de las tripas, piense en ella como un reflejo de muchas más mujeres. Es entonces cuando ciertas líneas de canciones como Pensacola toman un significado poderoso:

Momma took me aside
And she tried to change my mind
She said, don’t waste your time in looking
There’s nothing left to find.

Por fortuna, no hizo caso de esta advertencia. Y ahí está Relish para demostrarlo.

Escucha Relish de Joan Osborne en Spotify!

Roger Waters, Parsifal y los musicólogos

Tras asistir en dos ocasiones a la gira de “The Wall” de Roger Waters, comparto aquí algunas reflexiones al respecto… Y sí, ¡Richard Wagner y Roger Waters comparten iniciales!

Por carambolas de la vida, tuve la suerte este año de ver por dos veces a Roger Waters en su gira de aniversario de “The Wall”, en el Palau Sant Jordi en Barcelona y en el Palais Bercy, en París. Del álbum ya hablamos en su día, y sobre los conciertos se han escrito líneas y líneas en los diferentes medios de comunicación. Es por eso que prefiero salir de la crítica pura y dura, para entrar en terrenos más… musicológicos. ¡Y que nadie se me asuste! No soy yo de tochos incomprensibles… Espero no caer en la trampa justo hoy.

Al grano: lo que vi fue mucho más que un concierto cualquiera. Las aproximadamente dos horas de música encerraban mucho más que un artista concreto interpretando un álbum. Aquél disco, que había sido un retrato autobiográfico del propio Waters hace más de treinta años, crecía: sus significados se habían ampliado, pasaban de un individuo a todo un colectivo social. Las imágenes y símbolos que acompañaban cada uno de los cortes del álbum, nos remitían a algo más grande: tú eras también aquel crío asustado tras el muro. De esta manera, el enfrentamiento de Waters a su propia historia se convertía en el enfrentamiento de todos contra un sistema. Así pues, el álbum no sólo resistía el paso del tiempo, sino que cambiaba, se actualizaba por sí mismo y parecía tener más sentido que nunca.

Esta sensación, combinada con el despliegue tecnológico y escenográfico, que acompañaba al desarrollo sonoro con un impecable desarrollo visual, me remitió directamente a aquellas horas de estudio dedicadas, sí, a Richard Wagner. Horas que giraban sobre un concepto: la obra de arte total, la gesamtkunstwerk, para ser más exactos. Esta idea tan propia del compositor germano abogaba por óperas que fuesen más que óperas: más que música, más que teatro, más que arte plástico. Buscaba crear algo que trascendiera todo aquello, que extrajera lo mejor de cada arte en beneficio de una última creación.

Antes de que algún wagneriano se me eche encima, aclararé: ¿Qué tienen que ver Roger Waters y Richard Wagner? A parte de compartir iniciales, no mucho. Pero lo que me hizo retrotraerme hasta el XIX fue una idea que se da en contadas ocasiones: la obra superando al creador. Así como las obras de Wagner sobreviven más allá del propio autor, se reinventan año tras año, las hemos visto con mil y una escenografías, ¿porqué no imaginar un The Wall re-interpretado dentro de, quién sabe, treinta años? De igual manera que “Parsifal” existe por sí mismo, también “The Wall” tiene su propia entidad.

Está por llegar el estudio musicológico que defienda su cohesión interna, su capacidad de renovación, el mundo audiovisual que se ha creado a su alrededor. Aún parece quedar lejos y pondré un ejemplo práctico. Durante mis estudios, hice justo esta propuesta de trabajo a uno de mis profesores. La respuesta fue: “Deberías saber que no es lo mismo analizar a Liszt que a La Macarena”. Ante esto, sólo me quedaron más ganas aún de enfrentarme al estudio algún día y una frase popular rondándome la cabeza: ¡qué atrevida es la ignorancia!