De vueltas y epifanías

Sé que este espacio ha pasado una larga temporada sin nuevas entradas. Lamento haberme ido de esta esfera virtual sin ni siquiera haber dicho adiós, o hasta luego, pero quizás no lo hice pensando en que en cualquier momento volvería, como estoy haciendo hoy. Porque me lo pide el cuerpo, que a fin de cuentas, es la razón por la que la mayoría de nosotros escribimos. Así que aquí estamos.

¿Porqué hoy? Porque un nuevo asalto ha removido mis recuerdos, asociados, como es casi inevitable, a una melodía. Hoy, como suelo hacer cada lunes, he escuchado el podcast de Milenio 3, un programa que supongo no necesita presentación. Aunque son muchos los que no acaban de entender mi afición y admiración por Iker Jiménez, no me extenderé sobre ello ahora, pero podríamos resumirlo en que para mí, es una persona capaz de transmitir entusiasmo, ilusión y curiosidad de una forma muy personal. Sobretodo en su espacio de madrugada en la Cadena Ser, invita al que lo oiga, sin juzgar ni sentar cátedra, a la reflexión. A una reflexión que va más allá del problema cotidiano de llegar a fin de mes, que plantea preguntas, que como suele pasar con los grandes interrogantes, nunca tienen una respuesta.

Pues bien, sin más, me he colocado los cascos. El programa arrancaba con una entrevista a Edgar Mitchell, el astronauta que más tiempo anduvo la superficie lunar. Y la banda sonora escogida no era otra que The Songs of Distant Earth“, de Mike Oldfield. Y esas notas iniciales han hecho que el recuerdo salte como un resorte. No sé donde estaba escondido pero de golpe, me he visto a mí misma, con 13 o 14 años. Una excursión del colegio y diría que era un discman, con el CD de Oldfield. Era una salida a la montaña, a Viladrau. Y diría que buscándolo yo misma, me separé un poco del grupo en uno de esos ratos libres que nos dejaban para comer, y con la mochila al hombro y el discman encendido, me metí entre los árboles. Me quedé sola. Escuché un tiro, supongo que de alguna batida que andaría buscando jabalíes. Me asusté. Pero más allá del miedo inicial, tuve una sensación única que no sé todavía describir. Sugestión, comunión, quizás conexión con algo más grande que uno mismo. A través de la música, esa sensación se amplificaba, y, la verdad, no recuerdo cuanto tiempo pasó. Recuerdo que más tarde, intenté explicar en casa aquel momento casi mágico. Pero me di cuenta de que no podía: en casa veían el peligro, el riesgo que había corrido. Estaba claro que la sensación era solo para mí.

Y hoy, la sensación se ha vuelto a despertar. No ha hecho falta adentrarme en el bosque. El astronauta Mitchell hablaba de epifanías, de cómo la perspectiva de ver la Tierra desde la Luna había cambiado su vida, de cómo tuvo la sensación de haberse acercado más a la energía que ponía orden en el caos. Mientras tanto, sonaba la guitarra de Mike Oldfield. Y yo ahora, vuelvo a escuchar ese “Let there be light“, desde ese disco del que es imposible oír solo una parte, y vuelvo a sentirme conectada. Aquí estamos de nuevo.

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