De congresos, casualidades y sorpresas

Hoy está siendo un buen día. (Podría decir “ha sido”, pero aún me quedan unas cuantas horas más antes de retirarme a dormir y ponerle mi propio punto y final.) Esta tarde he tenido la oportunidad de hablar en público, en el marco de unas jornadas de musicología, sobre cuestiones de las que me apasionan: música, Edad Media, literatura. Con la (gran) excusa de las novelas de Chrétien de Troyes, he hablado de sonidos antiguos, de costumbres, del rey Arturo, de la magia. ¡Incluso de la cabeza de Stark en la pica de Juego de Tronos! Así, durante un par de horas he podido presentar mi tema, escuchar más temas interesantes, conocer visiones nuevas, debatirlas después. Ciertamente, el tiempo no me sobra (¿a alguien puede sobrarle?) y en ocasiones, cuando me veo tan metida en estos asuntos, pienso si no habría sido complicarme la vida entrar en tantas historias. (Ese tan famoso ¿Quién me mandaría a mí…?) Pero la sensación posterior, pese a las dificultades que haya podido haber, me confirma que vale la pena hacer lo que a uno le gusta, lo más a menudo posible. (Cuánto paréntesis, sí que debo andar un poco hiperactiva…)

Pues viniendo de vuelta en el metro he tenido un pequeño momento mágico. Los que me conocen saben que yo no creo en las casualidades. Así que hoy una de esas coincidencias que podrían pasar sin pena ni gloria me ha asaltado nada más subir al vagón. Un vagón bastante repleto, y sin aire acondicionado, algo que en esta época empieza a ser difícil de soportar. Pues bien, a menos de un metro de mí, un chico estaba leyendo. El mismo libro que yo llevaba. La misma edición. Y claro, si hubiesen sido las dichosas Cincuenta sombras o cualquier otro best-seller me hubiese parecido hasta normal. Pero no, ando (andamos) leyendo estos días una novela de Michel Faber, Bajo la piel. No he podido morderme la lengua, y además, el asiento a su lado ha quedado libre, así que nada más sentarme le he comentado mi sorpresa. Y diría, por su expresión, que él también estaba bastante sorprendido. Sin más, una conversación muy corta y agradable, superada la estupefacción inicial, sobre un libro que me está gustando cada día más. Un libro que parece saber qué piensas en cada momento, para saltarse tu lógica y salir por la tangente que menos te esperas. Y hasta aquí puedo leer, no quisiera desvelar ni una línea más.

Es cierto, muchas veces esos momentos extraños pueden no tener un sentido aparente y llegar igual que se fueron, pero yo quiero sostener mi respuesta ante ellos: la de la sorpresa, seguir reconociendo cómo el azar en ocasiones decide obviar la estadística y transformarse en magia. ¡Ah! Y hablando de magia, y de experiencias, ¡no me he olvidado de Rammstein! Después del domingo me reafirmo: no sé describir su música de otra manera más que música cuadrada. Jugando a la sinestesia, si la música fuera visible, la de Rammstein serían cubos, cuadrados, pesados, regulares y sólidos. La noche del domingo fue precisamente eso.  Intensidad y espectáculo, estimulante para aquellos que sabíamos qué íbamos a ver, y seguro que sorprendente para aquellos que no tanto. Y sino, que le pregunten a mi acompañante, mi padre (quien nunca dejará de sorprenderme por su flexibilidad y capacidad de disfrutar de cualquier música). Una gran velada, con sentido escénico y teatralidad bruta, de la que me gusta, de la básica. ¿Qué será lo próximo?

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PD: He elegido esta versión de Mein Herz Brennt por dos razones. Porque fue la que pudimos oír en el concierto, y porque pasa la prueba: la de despojarla de todo ornamento, desnudarla hasta el esqueleto y seguir siendo una buena canción.

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