El lunático en la hierba

Con la excusa de preparar un examen de inglés que se acerca peligrosamente, he decidido abrir un nuevo espacio, un hermanito para LibertadSonora. Se trata de The lunatic on the grass, un blog donde en resumidas cuentas, seguiré explicando estas cosas que me pasan y me rondan, y que inevitablemente llevan una banda sonora detrás.

¿El título? Sirva de homenaje a Pink Floyd, con esa cita de Brain Damage (una de mis preferidas, se encuentra en el álbum Dark Side of the Moon, 1973). Ya lo cuento en mi primer post allí: la letra a primera vista puede no parecer demasiado optimista: locura, apartarse de los demás, perder el norte. Pero, ya sea porque pasaron muchos años de oír esta canción sin entenderla, o por el peso que la propia música tiene en ella, a mí me lo parece. Optimista, incluso alegre. Porque, ¿qué hay mejor que, incluso cuando te hayas perdido, alguien te espere en la cara oculta de la luna?

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Sonatina para pies cansados (y algo de Cervantes)

Hoy estoy realmente cansada. Uno de esos cansancios que dan hambre, que dan gusto, que dan sueño. Pero de nuevo, siguiendo un impulso, vuelvo a sentarme a escribir otro rato, antes de darme por vencida y caer sin remedio en la cama. Momento que, hay que decirlo, una se recrea imaginando en días como hoy.

Hoy he dado un paseo inspirador. Voluntario sólo en parte, durante dos horas he caminado por calles de Barcelona por las que no había estado nunca, sabiendo que sólo dependía de mis pies, que tenía tiempo por delante. He recuperado sensaciones de un camino muy particular, que pese a haber realizado hace ya unos meses, no me abandona. Y es que sin metro, las distancias se hacen conscientes.

Omnipresente Diagonal...

Omnipresente Diagonal...

Hoy he escuchado también una nueva pieza musical que no conocía: Sonatine pour Ivette, del compositor Xavier Montsalvatge. Este año se conmemora el centenario de su nacimiento, y, lo admito, su obra nunca me había llamado la atención. En clase de lenguaje musical, los vivos siempre nos habían dado un poco de repelús. Pero claro, una se hace mayor, y afortunadamente la música sigue ahí, y tengo la suerte de tenerla muy presente en mi trabajo. Justo allí ha llegado esta Sonatina, que se estrenó en 1962. Una pieza para piano sin pretensiones, dedicada por el compositor a su hija Yvette. Y de las que me gustan a mí: que se dejan seguir, pero no te dejan descansar. Disonancias atacando tus expectativas de comodidad. Aquí os la dejo en una grabación de Alicia de Larrocha, no se me ocurre otra mejor.

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He de decir que esta tarde, por un momento he pensado si había tomado la decisión acertada empezando a andar. La respuesta me ha llegado a través de una frase escrita con tiza en una pizarra:

“El que camina mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho”.

Este Cervantes…

El piano sin teclas de Simone Dinnerstein

Ha pasado algo de tiempo desde la última entrada. No es que no haya habido música estos días, supongo que la he ido dejando pasar. Pero si me gusta escribir es porque parece que coges los pensamientos y los atrapas, los describes, los retratas, los haces permanecer. Y quiero seguir atrapando esas músicas, así que, dejémonos de pereza, que es mala acompañante y siempre te pisa si la sacas a bailar.

He decidido dedicar la entrada de hoy a una intérprete que descubrí hace poquito a través de mi compañera Ester y su programa, MPClàssics. Es Simone Dinnerstein, una pianista americana con una historia curiosa. Parece no querer flashes, no es ninguna estrella del negocio: nacida en Nueva York, a los 35 años decidió grabar las Variaciones Goldberg, autofinanciando la producción del álbum. La magnitud del desafío es sorprendente: ¿cuántas versiones deben existir de la célebre obra de Bach?, ¿cuántas consideradas insuperables?, ¿cómo se posiciona una profesora de piano ante un Glenn Gould o un András Schiff, o ante las versiones historicistas de Leonhardt o Van Asperen? Sólo se me ocurre una respuesta. Quiso hacerlo y no le importó el resto: lo único que debió importarle a Simone fue mostrar a quien quisiera escuchar que aquellas variaciones también podían ser sus propias variaciones. Partiendo de ahí, el resultado no debería extrañar: fue todo un éxito de crítica y público que hizo despegar su carrera como intérprete.

La pianista Simone Dinnerstein

La pianista Simone Dinnerstein

El álbum con que la descubro es Something almost being said. Un título que hace pensar en ella, la que llega casi sin hacer ruido, para abrir una puerta que quizás hacía tiempo que habías olvidado. No hay más que leer el poema del que se extrae este título. Es de Philip Larkin, Los árboles. Árboles que aun sabiendo que morirán, renacen, no sin dolor, una y otra vez, y “parecen decir: el año pasado ha muerto; empezar de nuevo, de nuevo, de nuevo”.

The trees are coming into leaf
Like something almost being said;
The recent buds relax and spread,
Their greenness is a kind of grief. 

Is it that they are born again
And we grow old? No, they die too,
Their yearly trick of looking new
Is written down in rings of grain. 

Yet still the unresting castles thresh
In fullgrown thickness every May.
Last year is dead, they seem to say,
Begin afresh, afresh, afresh.

Este disco incluye obras de Bach y Schubert, partitas e impromptus. Compositores y obras muy distintos, pero que en las manos de Simone fluyen y combinan de manera impecable.

Con ese ánimo de ser ella misma presenta un clip arriesgado por lo sincero, que en sí mismo ya es una obra de arte y que emociona nada más empezar: ella entra a un auditorio vacío, sus manos (¡qué pequeñas!) se acercan al teclado, y a partir de ahí, el Impromptu número 3 de Franz Schubert desgrana imágenes, vivencias, sensaciones y sobretodo, personas y amor. Cómo en el artículo de Ángeles Caso, Lo que quiero ahora (si no lo habéis leído, hacedlo inmediatamente clicando aquí), parece que distinguir lo esencial de lo superficial es lo que finalmente nos da la posibilidad de disfrutar de lo que somos y lo que se nos ha dado. A riesgo de que penséis que escribo esto tras una sobredosis de azúcar, prefiero dejar que el piano de Simone hable, sin prisas, por sí mismo. Un piano que, como pasa con los buenos, uno acaba por no recordar siquiera que tiene teclas.

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Escucha “Something almost being said” de Simone Dinnerstein en Spotify!

“Els amants de Lilith”, de Lídia Pujol

Hace unos días descubrí un trabajo de aquellos que sorprenden, emocionan y despiertan admiración a partes iguales. Se trata de “Els amants de Lilith”, un álbum que la cantautora catalana Lídia Pujol publicó en 2007. Cuesta encontrar el punto para empezar a describir este disco. Precisamente porque es más que eso: es el resultado de un trabajo de investigación, de bucear en los poemas y canciones tradicionales, desde un punto de vista femenino. Canciones sobre mujeres que aman, mujeres maltratadas, mujeres valientes. Letras que nos acercan a un mundo pasado con una línea muy fina separando el bien del mal, pero con el que, como mujer, una no puede más que sentirse cercana; sentir como alguna conexión que no entiende de espacio ni tiempo se conecta con las historias que nos cuenta la voz de Lídia.

Son historias como la de esa hija del rey de la que su padre se enamoró, y a la que los celos de su madre condenaron a morir de sed; la de Beatriu, comtessa de dia, una trobairitz (sí, chicas trovador) obsesionada por un hombre al que confiesa las ansias que la consumen, o la de Caterina de Lió, una chica que por tardar más de la cuenta en terminar su colada al hablar con algún chico del pueblo, recibió un castigo más que severo por parte de su suegra y su marido. Historias inacabables que Lídia ilustra de manera inmejorable: su voz es expresiva, versátil, emocionante. Se mueve desde la ligereza, con voz limpia, alegre, que puede ser sarcástica o dulce, hasta el mayor lamento, que muestra frustración, rabia, incluso muerte. (No perdáis la oportunidad de leer todas sus letras en este enlace). Por supuesto, a poner el lazo a este regalo contribuyen unos músicos elegantes, con arreglos llenos de buen gusto, que acompañan la voz de Lídia Pujol y hacen crecer la descripción, la fotografía intemporal de estas canciones tradicionales.

Sé de buena tinta que cada apuesta musical de la cantautora catalana se trabaja al máximo, cuida la puesta en escena, la coherencia. Y eso se nota. Lamentablemente, hace ya mucho tiempo que la vi por última vez, espero poder repetir pronto, ya sea con estos “Amantes de Lilith”, esa primera mujer que abandonó el Paraíso al no querer someterse a Adán en lecturas bíblicas extraoficiales, o con su “Cerimònia de la Llum”, su última propuesta.

Una de tantas representaciones de Lilith en la pintura...

Pero ya os toca escucharla. No soy muy aficionada a las actuaciones en televisión. Aunque cuando alguien supera esa prueba no puede tomarse más que como otra muestra de calidad. Para los amigos que leéis desde fuera de Catalunya… Amèlia, la canción que comparto, cuenta la historia de una chica que se muere. Nadie sabe qué le pasa, pero ella tiene una certeza: su propia madre la ha envenenado. Antes de morir, hace testamento y al preguntar su madre cuál será su parte, ella contesta: mi marido, para que lo acojáis en vuestra habitación siempre que queráis, para que lo beséis de día, como ya hacéis de noche. No puedo evitar que se me erice el vello con ese “Mare meva, què m’has fet?“, madre mía, qué me has hecho… Y ya me callo. Aquí la tenéis.

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Escucha “Els amants de Lilith” en Spotify!

Debajo de las piedras

Recién llegada de un paréntesis en el mes de enero, me vuelvo a sentar a escribir. Parece que estos días la cosa anda revuelta, megauploads arriba y abajo, descargas sí, descargas no, libertad y libertinaje. Nadie cuenta con respuestas absolutas para esto, pero de cualquier manera, partimos de que Internet es una plataforma todavía muy reciente y en la que los cambios se suceden, como en aquella película de Mel Brooks, a velocidad absurda. Y claro, tanto legislaciones como las propias normas de convivencia se desarrollan siempre un paso o más por detrás de la propia realidad.

¿Mi posición? No puede ser. El “sálvese quien pueda” no es una buena política y si uno quiere respetar los derechos de los demás y que se respeten los propios, también deben existir las obligaciones. Me explico. Un supermercado tiene estanterías y estanterías llenas de comida. ¿Porqué pagarla si la necesito, literalmente, para vivir? ¿No sería mejor entrar y llevársela? Todos tenemos derecho a alimentarnos, que pague el que vaya al restaurante, pero el súper, para todos. Somos libres, ¿no?

Volviendo a la realidad cotidiana, la verdad es que estoy ya un poco cansada de ver como el papel del creador (incluyamos en esta categoría desde al más independiente al más comercial, tú eres quién decide el producto que consume) se pisotea una y otra vez con argumentos que apelan a una supuesta libertad del usuario. Resulta que una es músico y está bastante harta de pelearse por aquello de “si lo que os interesa es la promoción, mientras más gente te escuche mejor” o “si lo que da dinero es tocar en directo“. Por no hablar de la ignorancia supina que se manifiesta en frases como “los músicos viven como quieren, mira Alejandro Sanz y David Bisbal“.

Todo eso está muy bien, no voy a entrar a rebatir ahora cada una de estas afirmaciones, me escaparía del post. Y sí, las ventajas de Internet son muchas: la promoción, el contacto con tu comunidad de “fans”… Hay mucho que aprender y mucho que trabajar en este sentido, bandas como Love of Lesbian  son un ejemplo a seguir en este campo (no hay que perderse este link sobre su ponencia en l’Escola Superior de Negocis de Sant Cugat).

Pero ustedes me perdonen, vamos a lo que vamos hoy, y es que una cosa es compartir y otra cosa es mr. Megaupload. Lo sé, nos gustaría haber imaginado a este personaje de otra forma: un informático en pijama, manteniendo sus servidores, defendiendo la libertad en la red. Pero resulta que nos hemos encontrado un personaje impresentable que se ha hecho millonario a base de un portal que comparte (¿trafica?) archivos ajenos.

“Esto no mata la música: la música sigue adelante, hay músicos y bandas hasta debajo de las piedras”, me dirá alguno. Pues bien, en mi opinión, si alguien no se arremanga sólo se consigue una cosa: que sigan debajo de las piedras.

PD: Sustitúyase música por literatura y se abre un nuevo panorama: ¿será el futuro de las librerías el mismo que el de las tiendas de discos?

Sábado a lo Shirley Manson

Recuerdo que en la Nochevieja de 1998 pensé: “Este año ha sido perfecto”. Visto desde hoy, probablemente no debió ser tan diferente de cualquier otro y tuvo como suele pasar, un poco de todo. Aún diría más, teniendo en cuenta que yo había cumplido trece años y mis emociones y hormonas no hacían más que subir y bajar de forma incontrolada, seguramente 1998 estuvo lleno de extremos: hoy risas, mañana llantos, tristeza absoluta, felicidad total y vuelta a empezar. Pero ciertamente, reconozco que me encanta el recuerdo que se ha quedado conmigo al final, y que ya intuí en aquel fin de año.

Si con algo se disparan las sensaciones y la memoria es con la música. 1998 fue el año de “Truly, Madly, Deeply”, de Savage Garden (y de una María que suspiraba), de “Still the one” de Shania Twain (y de una María que patinaba sobre hielo, diría casi exultante, en el día de su cumpleaños), del “Crush” de Jennifer Paige (que me devuelve una sensación de facilidad, de verano) o del “Everybody (Backstreet’s Back)” de Backstreet Boys (de la cual os podéis imaginar los recuerdos que tengo, siendo como fui una “fan fatal”). También fue el año del “Ray of light” de Madonna, que aún sigue siendo mi álbum preferido de la sacrosanta del pop, del “Bittersweet Symphony” de The Verve, que en el walkman me hacía caminar de manera diferente, o del “I don’t wanna miss a thing” de Aerosmith. Ahora me doy cuenta, ¡cómo suspiré yo aquel año!

Que conste: uno de mis principios musicales es no renegar. Es decir: todas esas canciones y muchas más, seguramente mucho peores, me gustaron en su día. Y no sólo lo acepto, sino que me entusiasma volver a disfrutarlas una vez pasado el tiempo. Fue así como ayer, tropecé en la estantería con otro disco de ese año: “Version 2.0″, de Garbage. Lo puse mientras me preparaba para ir a trabajar y tuvo el mismo efecto que hace 14 años. Entonces todavía quedaban unos cuatro años para que descubriese el heavy metal, y la voz de Shirley Manson era lo más próximo a una inyección de energía en vena. Shirley era una chica joven, era brusca, era sexy, cantaba con fuerza y languidez al mismo tiempo letras que clamaban: “creo que soy paranoica, manipúlame” o “cuando crezca seré estable y le daré la vuelta a la tortilla”, adornada con frases que hablaban de medicación, estar encerrado o no dormir en toda la noche.

Garbage

Claro, me encantaba. Y me encanta. Así, cuando sé que necesito un refuerzo de feminidad, un plus de gamberrismo o un chute de energía, ahí siguen canciones como “Special”, “Hammering in my head” o “Temptation Waits”. Incluso cuando me apetece languidecer al más puro “estilo años 90″, ahí están “Medication” o “You look so fine”.

Así que hoy encaro el sábado a lo Shirley Manson. Y que sepáis que me he propuesto que en la Nochevieja de 2012 pueda decir de nuevo lo mismo que en aquella de 1998.

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Escucha Version 2.0 de Garbage en Spotify!